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Rincón de lecturaLibros: La Conspiración
Rincón de lectura Xornal Galicia | Lunes, 06 Junio, 2005 - 05:28 PM
 
 

El autor de El Código Da Vinci, combina la acción y los enigmas científicos. Un extraño objeto enterrado en el ártico es el centro de una aventura con giros inesperados y alcances políticos en esta novela publicada por la editorial Umbriel.
La muerte podría llegar de innumerables formas a aquel lugar dejado de la mano de Dios. El geólogo Charles Brophy llevaba años soportando el salvaje esplendor de aquellas tierras y, sin embargo, nada podía prepararle para un destino tan cruel e implacable como el que estaba a punto de acontecerle.
Mientras las cuatro huskies de Brophy tiraban del trineo que transportaba su equipo de sensores geológicos por la tundra, los perros aminoraron bruscamente la marcha y levantaron los ojos al cielo.

 
—¿Qué pasa, chicas? —preguntó Brophy, bajando del trineo.
Más allá de las amenazadoras nubes de tormenta que se cernían sobre él, un helicóptero de transporte de doble rotor dibujó un arco y enfiló los picos glaciales con militar destreza.
«Qué extraño», pensó Brophy. Nunca había visto helicópteros tan al norte. El aparato aterrizó a unos veinticinco metros de él, levantando una lacerante lluvia de nieve granulada. Recelosos, los perros gimotearon.
Las puertas del helicóptero se abrieron y dos hombres descendieron del aparato. Llevaban puestos unos trajes térmicos blancos, iban armados con fusiles y se dirigieron hacia Brophy con algún urgente propósito.
—¿El doctor Brophy? —gritó uno de ellos.
El geólogo estaba desconcertado.
—¿Cómo saben mi nombre? ¿Quiénes son ustedes?
—Coja su radio, por favor.
—¿Cómo dice?
—Haga lo que le digo.
Perplejo, Brophy sacó la radio de su parka.
—Necesitamos que transmita un mensaje urgente. Disminuya la frecuencia de su radio a cien kilohercios.
«¿A cien kilohercios?» Brophy estaba totalmente confundido. Era imposible recibir nada a una frecuencia tan baja.
—¿Ha ocurrido algún accidente?
El segundo hombre levantó su fusil y apuntó con él a la cabeza de Brophy.
—No hay tiempo para explicaciones. Limítese a hacer lo que le decimos.
Tembloroso, Brophy ajustó la frecuencia de transmisión.
Entonces el primer hombre le dio una tarjeta en la que había escritas unas líneas.
—Transmita este mensaje. Ahora.
Brophy miró la tarjeta.
—No lo entiendo. Esta información no es correcta. Yo no he...
El hombre pegó la boca del fusil a la sien del geólogo.
A Brophy le temblaba la voz cuando transmitió aquel extraño mensaje.
—Bien —dijo el primer hombre—. Ahora suba con sus perros al helicóptero.
A punta de fusil, Brophy obedeció e hizo maniobrar a sus reticentes perros y subió con el trineo por la rampa trasera del compartimento de carga. En cuanto estuvieron instalados dentro, el helicóptero se elevó y viró hacia el oeste.
—¿Quiénes son ustedes? —exigió saber Brophy, sudando debajo de la parka. «¿Qué diablos significa ese mensaje?»
Los hombres guardaron silencio.
A medida que el helicóptero ganaba altura, el viento entraba a ráfagas por la puerta abierta de estribor. Ahora los cuatro huskies de Brophy lloriqueaban, todavía atados al trineo.
—Por lo menos cierren la puerta —pidió Brophy—. ¿Es que no ven que mis perros están asustados?
Los hombres no respondieron.
Cuando el helicóptero se elevó a poco más de mil metros, viró vertiginosamente sobre una serie de abismos y de grietas de hielo. De pronto, los hombres se levantaron de sus asientos y sin mediar palabra, agarraron el pesado trineo y lo lanzaron por la puerta abierta. Brophy vio horrorizado cómo sus perros luchaban en vano contra el enorme peso del trineo. Un instante después, los animales se precipitaron aullando al vacío.
Brophy ya estaba de pie y gritaba cuando los hombres lo sujetaron. Lo arrastraron hasta la puerta. Espantado, forcejeó, intentando librarse de las fuertes manos que lo empujaban al exterior.
Fue inútil. Instantes después se precipitaba al abismo que sobrevolaba el helicóptero.
El restaurante Toulos, junto a Capitol Hill, presume de un menú políticamente incorrecto que consta de ternera lechal y de carpaccio de caballo. Se había convertido en un irónico lugar de moda donde desayunaban los más puros representantes del poder de Washington. Esa mañana, Toulos estaba lleno: una cacofonía en la que se entrelazaba el repicar de cubiertos, el ruido de las máquinas de café y las conversaciones de los teléfonos móviles.
El maître estaba dándole un trago a hurtadillas a su Bloody Mary matutino cuando la mujer entró. Se giró hacia ella con una sonrisa mil veces practicada.
—Buenos días —dijo.
Era una mujer atractiva. Rondaría los treinta y tantos y llevaba unos pantalones de pinzas de franela gris, zapatos planos y discretos y una blusa Laura Ashley color marfil. Caminaba con la espalda recta
y la barbilla ligeramente levantada, en un gesto que, más que arrogancia, denotaba carácter. Tenía el cabello de color castaño claro y lo llevaba cortado al estilo más de moda en Washington, el conocido como «presentadora de televisión»: peinado con esmero, con las puntas onduladas hacia dentro a la altura de los hombros... lo bastante largo para resultar atractivo y a la vez lo suficientemente corto para recordar a cualquiera que la mirara que, de los dos, era ella la más lista.
—Llego un poco tarde —dijo la mujer con un modesto tono de voz—. Tengo una cita con el senador Sexton.
El maître sintió un inesperado nerviosismo. El senador Sedgewick Sexton. El senador era un cliente habitual del restaurante y uno de los hombres más famosos del país. La semana anterior, después de haber barrido en las doce primarias republicanas en el transcurso del Supermartes,* casi se había asegurado la nominación de su partido como candidato a presidente de Estados Unidos. Para muchos el senador tenía una oportunidad de oro para arrebatarle la Casa Blanca a su actual ocupante, objeto de todos sus ataques, en otoño. Últimamente, daba la sensación de que la cara de Sexton estaba en todas las revistas de ámbito nacional y el eslogan de su campaña pegado por todo el país: «Es hora de gastar menos y de invertir mejor».
—El senador Sexton está en su mesa —dijo el maître —. ¿Y usted es...?
—Rachel Sexton. Su hija.
«Menudo idiota estoy hecho», pensó el maître. El parecido entre padre e hija saltaba a la vista. La mujer tenía los ojos penetrantes y el porte refinado del senador... ese aire de seguridad y nobleza. Sin duda, la belleza clásica del senador era algo que llevaba en la sangre, aunque Rachel Sexton parecía llevar esa gracia con una elegancia y una humildad de las que su padre podría haber aprendido algo.
—Es un placer tenerla con nosotros, señorita Sexton.
Mientras el maître acompañaba a la hija del senador a la mesa que éste ocupaba, se turbó al percibir todos los ojos masculinos que la seguían con la mirada... algunos con discreción, otros con más descaro. Muy pocas mujeres comían en Toulos, y menos aún con el aspecto de Rachel Sexton.
—Buen cuerpo —susurró un comensal—. ¿Ya se ha buscado Sexton nueva esposa?
—Es su hija, idiota —respondió otro.
El hombre ahogó una carcajada.
—Conociendo a Sexton, probablemente se la esté llevando a la cama de todos modos.
Cuando Rachel llegó a la mesa de su padre, el senador estaba hablando a voz en grito por el móvil sobre uno de sus recientes éxitos. Levantó los ojos hacia ella el tiempo suficiente para darse unos golpecitos en el Cartier y recordarle que llegaba tarde.
«Yo también te he echado de menos», pensó Rachel.
El nombre de pila de su padre era Thomas, aunque había adoptado su segundo nombre hacía ya tiempo. Rachel sospechaba que lo había hecho porque le gustaba la aliteración. Senador Sedgewick Sexton. El hombre era un animal político de pelo plateado y gran elocuencia que había sido ungido con el elegante aspecto de un médico de culebrón, cosa que parecía de lo más apropiado teniendo en cuenta su talento para imitar a los demás.
—¡Rachel!
Su padre apagó el teléfono y se levantó para darle un beso en la mejilla.
—Hola, papá.
Rachel no le devolvió el beso.
—Pareces agotada.
«Ya empezamos», pensó Rachel.
—He recibido tu mensaje. ¿Qué pasa?
—¿Es que no puedo invitar a desayunar a mi hija?
Rachel había aprendido hacía tiempo que su padre raras veces solicitaba su compañía a menos que tuviera algún motivo oculto.
Sexton le dio un sorbo a su café.
—¿Y bien? ¿Qué tal te van las cosas?
—Muy ocupada. Ya veo que tu campaña va muy bien.
—Bah, no hablemos de trabajo. —Sexton se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—. ¿Qué tal con el tipo del Departamento de Estado con el que te preparé aquella cita?
Rachel soltó un suspiro, presa de unas ganas irreprimibles de echar un vistazo a su reloj.
—Papá, no he tenido tiempo de llamarle, la verdad. Y me gustaría que dejaras de intentar...
—Hay que encontrar tiempo para las cosas importantes, Rachel. Sin amor, todo lo demás carece de sentido.
Aunque se le ocurrieron un montón de réplicas, Rachel prefirió guardar silencio. Asumir el papel de persona mayor no era difícil cuando se trataba de su padre.
—¿Querías verme, papá? Decías que era importante.
—Lo es.
Los ojos de su padre la estudiaron detenidamente.
Rachel sintió que parte de sus defensas se fundían bajo la mirada del senador y maldijo el poder de aquel hombre. Los ojos de Sexton eran su don, un don que, según sospechaba Rachel, le llevaría a la Casa Blanca. Según conviniera, esos ojos se llenaban de lágrimas, y entonces, apenas un instante más tarde, se despejaban, abriendo así una ventana a un alma apasionada, extendiendo un vínculo de confianza a su alrededor. «Todo es cuestión de confianza», decía siempre su padre. El senador había perdido la de Rachel hacía años, pero estaba ganando rápidamente la de su país.
—Tengo algo que proponerte —dijo el senador Sexton.
—Deja que lo adivine —respondió Rachel, intentando volver a fortificar su posición—. ¿Algún eminente divorciado en busca de joven esposa?
—No te engañes, cariño. Ya no eres tan joven.
A Rachel le embargó la sensación de empequeñecimiento que tan a menudo acompañaba los encuentros con su padre.
—Quiero echarte un salvavidas —dijo.
—No sabía que me estuviera ahogando.
—Porque no te estás ahogando. Pero el Presidente sí. Deberías saltar del barco antes de que sea demasiado tarde.
—¿No hemos tenido ya esta conversación antes?
—Piensa en tu futuro, Rachel. ¿Por qué no vienes a trabajar conmigo?
—Espero que no me hayas invitado a desayunar para hablar
de eso.
El barniz de calma del senador se quebró de forma casi imperceptible.
—Rachel, ¿es que no ves que el hecho de que trabajes para él repercute negativamente en mí? Y en mi campaña.
Rachel suspiró. Su padre y ella ya habían pasado por aquello.
—Papá, yo no trabajo para el Presidente. Ni siquiera lo conozco. ¡Yo trabajo en Fairfax, por el amor de Dios!
—La política es una cuestión de apariencias, Rachel. Parece que trabajes para el Presidente.
Rachel volvió a suspirar, intentando mantener la calma.
—Papá, he trabajado muy duro para conseguir este empleo. No pienso dejarlo.
Al senador se le entrecerraron los ojos.
—¿Sabes una cosa? A veces esa actitud tan egoísta llega a...
—¿Senador Sexton?
Un periodista se materializó junto a ellos.
El semblante de Sexton se suavizó de forma automática. Rachel soltó un gemido y cogió un cruasán de la cesta que había sobre la mesa.
—Ralph Sneeden —dijo el reportero—. Del Washington Post. ¿Puedo hacerle unas preguntas?
El senador sonrió y se limpió la boca con una servilleta.
—Mucho gusto, Ralph. Pero dése prisa. No quiero que se me enfríe el café.
El reportero le rió la broma.
—Naturalmente, señor. —Sacó una minigrabadora y la puso en marcha—. Senador, su propaganda televisiva pide que la legislación asegure la igualdad salarial para las mujeres en sus puestos de trabajo... así como la reducción de impuestos para las familias recién constituidas. ¿Podría razonar ambas peticiones?
—Con mucho gusto. Simplemente soy un gran admirador de las mujeres y de las familias fuertes.
A Rachel casi se le atragantó el cruasán.
—Y sobre el tema de las familias —continuó el reportero—, habla usted mucho sobre educación. Está proponiendo algunos recortes muy controvertidos en el presupuesto en un esfuerzo por invertir más fondos en las escuelas de nuestra nación.
—Creo que los niños son nuestro futuro.
Rachel no podía creer que su padre hubiera caído tan bajo como para repetir la letra de una canción pop.
—Y por último, señor —dijo el periodista—, durante las últimas semanas ha obtenido usted una gran ventaja en los sondeos de intención de voto. El Presidente debe de estar preocupado. ¿Algún comentario sobre su reciente éxito?
—Creo que tiene que ver con la confianza. Ya es hora de que los norteamericanos sepan que no pueden confiar en el Presidente para que tome las grandes decisiones que esta nación necesita. El gasto descontrolado del gobierno está llevando al país a una deuda que no deja de aumentar a diario. Los norteamericanos están empezando a darse cuenta de que ha llegado el momento de gastar menos y de invertir mejor.
Como un aplazamiento de la ejecución de la retórica de su padre, el busca que Rachel llevaba en el bolso empezó a sonar. Normalmente el agudo timbrazo electrónico suponía una interrupción molesta y poco bienvenida, pero en ese momento, a Rachel le sonó casi melodiosa.
Al verse interrumpido, el senador le dedicó una mirada desafiante.
Rachel buscó el aparato en el bolso y pulsó una secuencia prefijada de cinco botones, confirmando así que era ella quien manipulaba el aparato. El timbrazo se detuvo y la pantalla de cristal líquido empezó a parpadear. En quince segundos recibiría un mensaje de texto seguro.
Sneeden sonrió al senador.
—Sin duda su hija es una mujer ocupada. Resulta refrescante ver que todavía encuentran tiempo en sus agendas para desayunar juntos.
—Como ya le he dicho, la familia es lo primero.
Sneeden asintió y entonces se le endureció la mirada.
—¿Puedo preguntar, señor, cómo resuelven usted y su hija sus conflictos de intereses?
—¿Conflictos? —El senador Sexton inclinó la cabeza con una mirada inocente y confundida en el rostro—. ¿A qué conflictos se
refiere?
Rachel levantó los ojos y no pudo reprimir una mueca al ver actuar a su padre. Sabía perfectamente a dónde llevaba aquello. «Malditos periodistas», pensó. La mitad estaban en la nómina de algún partido. La pregunta del reportero era de las que suelen denominarse un «pomelo»: una pregunta supuestamente agresiva y dura, pero que en realidad no era más que un favor pactado al senador: una volea lenta que su padre podía dar de pleno, lanzando la bola fuera del recinto y aclarando de paso algunas cosas.
—Bueno, señor... —dijo el periodista, carraspeando y fingiendo cierta incomodidad ante la pregunta—. El conflicto es que su hija trabaja para su adversario.
El senador Sexton estalló en carcajadas, quitándole importancia a la cuestión.
—En primer lugar, Ralph, el Presidente y yo no somos adversarios. Simplemente somos dos compatriotas que tienen diferentes ideas de cómo gobernar el país al que tanto amamos.
Al reportero se le iluminó la cara. Tenía el titular que estaba buscando.
—¿Y en segundo lugar?
—En segundo lugar, mi hija no es empleada del Presidente. Está contratada por el servicio de inteligencia. Compila informes de inteligencia y los envía a la Casa Blanca. De hecho, es un cargo bastante bajo. —Hizo una pausa para mirar a Rachel—. En realidad, querida, creo que nunca has visto en persona al Presidente, ¿verdad?
Rachel clavó en él unos ojos como brasas.
El busca gorjeó de nuevo, obligando a Rachel a fijar la mirada en el mensaje entrante que aparecía ahora en la pantalla de cristal líquido.

«PRST DIRONR INMEDTTE»

Descifró la escritura abreviada al instante y frunció el ceño. El mensaje era de lo más inesperado, y sin duda se trataba de malas noticias. Al menos tenía la excusa perfecta para irse.
—Señores —dijo—. Se me parte el corazón, pero tengo que irme. Llego tarde al trabajo.
—Señorita Sexton —dijo rápidamente el reportero—. Antes de que se marche, me preguntaba si podría comentar algo sobre los rumores que apuntan a que ha sido usted quien ha organizado este desayuno con su padre para discutir la posibilidad de dejar su actual empleo y trabajar para él.
Rachel se sintió como si acabaran de echarle café hirviendo a la cara. La pregunta la pilló totalmente por sorpresa. Miró a su padre y percibió en su sonrisa forzada que la pregunta estaba preparada. Estuvo a punto de saltar por encima de la mesa y clavarle un te-
nedor.
El periodista le pegó la grabadora a la cara.
—¿Señorita Sexton?
Rachel clavó sus ojos en los del reportero.
—Ralph, o como demonios te llames, a ver si esto te queda claro: no tengo la menor intención de abandonar mi empleo para trabajar con el senador Sexton, y si publicas lo contrario necesitarás un calzador para quitarte esa grabadora del culo.
Al reportero se le agrandaron los ojos. Apagó la grabadora y disimuló una sonrisa.
—Gracias a los dos —dijo antes de desaparecer.
Rachel lamentó de inmediato su arranque de rabia. Había heredado el mal genio de su padre y lo odiaba por ello. «Tranquila, Rachel. Tú tranquila».
Su padre la miraba con ojos glaciales e inquisitivos.
—No estaría de más que aprendieras algunos modales.
Rachel empezó a coger sus cosas.
En cualquier caso, el senador parecía haber terminado con ella. Cogió el móvil para hacer una llamada.
—Adiós, cariño. Pasa a verme por el despacho un día de éstos. Y cásate, por el amor de Dios. Ya tienes treinta y tres años.
—¡Treinta y cuatro! —le replicó Rachel—. Tu secretaria me envió una tarjeta de felicitación.
El senador ahogó una risa triste.
—Treinta y cuatro. Ya eres casi una vieja solterona. ¿Sabes?, cuando yo tenía tu edad, ya me había...
—¿Casado con mamá, además de haberte follado también a la vecina?
Las palabras sonaron más alto de lo que Rachel pretendía y su voz quedó suspendida en toda su crudeza en un vacío de silencio mudo. Los comensales cercanos se giraron a mirar.
En los ojos del senador Sexton se adivinó un destello helado: dos cristales de hielo clavándose en ella.
—Vete con cuidado, jovencita.
Rachel fue hacia la puerta. «No, eres tú quien debe andarse con cuidado, senador».
Los tres hombres seguían sentados en silencio dentro de la tienda antitormentas ThermaTech. Fuera, un viento helado zarandeaba el refugio, amenazando con arrancarlo de los anclajes. Ninguno de ellos parecía darle la menor importancia. Todos habían vivido situaciones mucho más amenazadoras.
La tienda era de un blanco inmaculado y estaba enclavada en una suave depresión, oculta a la vista. Todos los instrumentos de comunicación y de transporte así como las armas eran de última generación. El líder del grupo respondía al nombre en clave de Delta-Uno. Era un tipo musculoso y ágil. Su mirada era tan desoladora como el paisaje que le rodeaba.
El cronógrafo militar que Delta-Uno llevaba en la muñeca emitió un pitido agudo. El sonido coincidió en perfecto unísono con los pitidos que salían de los cronógrafos de los otros dos hombres.
Habían pasado otros treinta minutos.
Era la hora. Otra vez.
Delta-Uno dejó en la tienda a sus dos compañeros, salió a la oscuridad y al feroz azote del viento y escrutó el horizonte iluminado por la luna con unos prismáticos infrarrojos. Como siempre, se concentró en la estructura. Estaba a unos mil metros de distancia. Era un edificio enorme e insólito que se elevaba del suelo yermo. Su equipo y él ya llevaban diez días vigilándolo desde su construcción. A Delta-Uno no le cabía duda de que la información que contenía aquel edificio iba a cambiar el mundo. Ya se habían perdido algunas vidas para protegerlo.
Hasta el momento, todo parecía muy tranquilo fuera de la estructura.
Sin embargo, la verdadera prueba era lo que estaba ocurriendo dentro.
Delta-Uno volvió a entrar en la tienda y se dirigió a sus dos compañeros.
—Hora de una pequeña batida.
Ambos asintieron. El más alto, Delta-Dos, abrió un ordenador portátil y lo encendió. Se situó delante de la pantalla y puso la mano en una palanca de mando mecánica y le dio un breve tirón. A mil metros de distancia, oculto en las profundidades del edificio, un robot de vigilancia del tamaño de un mosquito recibió su transmisión y cobró vida.
Rachel Sexton aún estaba furiosa mientras conducía su Integra blanco por Leesburg Highway. Los arces sin hojas de las colinas de Falls Church se elevaban desnudos contra un claro cielo de marzo, aunque la pacífica escena poco hizo por calmar su ira. La reciente ventaja de su padre en los sondeos de intención de voto le había dotado de una pizca de confiada elegancia y, sin embargo, parecía alimentar sólo su presunción.
El fraude de aquel hombre resultaba doblemente doloroso porque Sexton era el único familiar cercano que le quedaba a Rachel. Su madre había muerto hacía tres años. Su pérdida había sido devastadora y las cicatrices emocionales que había dejado en ella todavía le laceraban el corazón. El único consuelo que le quedaba era saber que la muerte de su madre, con irónica compasión, la había liberado de una profunda desesperación causada por su desgraciado matrimonio con el senador.
El busca de Rachel sonó otra vez y volvió a concentrarse en la carretera que se extendía ante ella. El mensaje entrante era el mismo.

«PRST DIRONR INMEDTTE»

«Preséntese ante el director de la ONR inmediatamente». Rachel suspiró. «Ya voy, por el amor de Dios».
Presa de una creciente ansiedad, se dirigió a su salida habitual, giró hasta desembocar en la carretera de acceso privado y se detuvo ante la garita del centinela, que estaba armado hasta los dientes. Se encontraba a las puertas de Leesburg Highway 14.225, una de las direcciones más inaccesibles del país.
Mientras el guardia comprobaba que no hubiera micrófonos en el coche, Rachel miró el mastodóntico edificio que se elevaba en la distancia. El complejo ocupaba casi cien mil metros cuadrados y se elevaba majestuoso sobre unas veintiocho hectáreas de bosque en pleno Fairfax, Virginia, justo a las afueras de Washington D. C. La fachada del edificio era un bastión de cristal en el que se reflejaba toda una amalgama de antenas de satélites, parabólicas y transmisores de radio enclavados en los terrenos adyacentes, doblando así su asombroso número.
Dos minutos más tarde, había aparcado y cruzaba el pulcro jardín que llevaba a la entrada principal, donde una placa de granito labrada rezaba:

OFICINA NACIONAL DE RECONOCIMIENTO (ONR)

Los dos Marines armados que flanqueaban la puerta giratoria blindada mantuvieron la vista al frente mientras Rachel pasaba entre ellos. Tuvo la misma sensación de congoja que siempre sentía cuando franqueaba esas puertas... la de estar metiéndose en la panza de un gigante dormido.
Dentro del vestíbulo abovedado, percibió los leves ecos de conversaciones amortiguadas a su alrededor, como si las palabras fueran filtrándose desde las oficinas situadas sobre su cabeza. Un enorme mosaico de baldosines proclamaba la directriz de la ONR:

CONTRIBUIR A LA SUPERIORIDAD DE INFORMACIÓN GLOBAL
DE ESTADOS UNIDOS EN LA PAZ Y EN LA GUERRA

Las paredes estaban forradas de enormes fotografías: lanzamientos de cohetes, submarinos recién botados, instalaciones de intercepción... destacados logros que sólo podían celebrarse dentro de esos muros.
Como siempre, Rachel sentía que los problemas del mundo exterior iban desdibujándose tras ella. Estaba entrando en el mundo de las sombras, un mundo en el que los problemas irrumpían entre estallidos como trenes de carga y en el que las soluciones se encontraban con apenas un susurro.
A medida que se aproximaba al último punto de control, Rachel se preguntaba qué tipo de problema habría provocado que el busca le hubiera sonado dos veces en los últimos treinta minutos.
—Buenos días, señorita Sexton.
El guarda sonrió al verla acercarse al marco de acero.
Rachel le sonrió a su vez mientras él le tendía una diminuta muestra de algodón.
—Ya conoce las instrucciones.
Rachel cogió la muestra herméticamente cerrada y le quitó el envoltorio de plástico. Luego se la metió en la boca como si se tratara de un termómetro. La mantuvo debajo de la lengua durante dos segundos. A continuación, inclinándose hacia delante, permitió que el guarda se la quitara y la insertara en la ranura de una máquina que tenía a su espalda. La máquina tardó cuatro segundos en confirmar las secuencias del ADN de la saliva de Rachel. Luego un monitor parpadeó, mostrando la foto y la acreditación de seguridad de Rachel.
El guarda le guiñó el ojo.
—Al parecer sigue siendo usted. —Extrajo la muestra usada de la máquina y la dejó caer por una abertura, donde se incineró al instante—. Que tenga un buen día. —Pulsó un botón y las enormes puertas de acero se abrieron.
Mientras Rachel accedía al entramado de bulliciosos pasillos al otro lado de la puerta, le impresionó darse cuenta de que a pesar de los seis años que llevaba ya trabajando allí, todavía se sentía intimidada por el colosal alcance de aquella maquinaria. La agencia incluía otras seis instalaciones en Estados Unidos, daba trabajo a diez mil agentes y sus costes operativos superaban los diez mil millones de dólares anuales.
Bajo el más absoluto secreto, la ONR construía y mantenía un increíble arsenal de tecnologías de espionaje de última generación. Interceptores electrónicos mundiales, satélites espías, silenciosos chips repetidores incorporados a productos de telecomunicaciones, incluso una red global de reconocimiento naval conocida como Classic Wizard, una red secreta de mil cuatrocientos cincuenta y seis hidrófonos instalados sobre fondos marinos por todo el mundo, capaces de controlar los movimientos de los barcos en cualquier punto del globo.
Las tecnologías de la ONR no sólo ayudaban a Estados Unidos a ganar cualquier conflicto militar, sino que proporcionaban una infinita fuente de datos en tiempos de paz a agencias como la CIA, la NASA y el Departamento de Defensa, ayudándoles así a combatir el terrorismo, a localizar delitos contra el medio ambiente y a dar a los políticos los datos necesarios para tomar las decisiones más oportunas sobre un enorme abanico de temas.
Rachel trabajaba allí en calidad de «resumidora». El «Gisting», o sistema de resumen de datos, consistía en analizar complejos informes y destilar su esencia o «gist» hasta reducirla a un conciso y breve informe de una sola página. Rachel había dado claras muestras de estar especialmente dotada para este trabajo. «Gracias a todos los años que he tenido que pasar interpretando las gilipolleces de mi padre», pensaba.
Ahora Rachel ocupaba un puesto de honor entre los «resumidores» de la ONR. Era el enlace entre la comunidad de inteligencia y la Casa Blanca: la responsable de repasar los informes diarios de inteligencia de la ONR y decidir qué historias eran relevantes para el Presidente, destilando dichos informes hasta reducirlos a breves notas de una sola página y enviando después el material resumido al Consejero de Seguridad Nacional del Presidente. En la jerga propia de la ONR, Rachel Sexton «manufacturaba un producto terminado y se encargaba de atender al cliente».
A pesar de que era un trabajo difícil y de que requería muchas horas, el puesto era para Rachel todo un honor, una forma de reafirmarse en su independencia con respecto a su padre. El senador Sexton se había ofrecido innumerables veces a mantener a Rachel si se decidía a dejar su empleo, pero ella no tenía la menor intención de quedar económicamente a expensas de un hombre como Sedgewick Sexton. Su madre había sido un ejemplo perfecto de lo que podía ocurrir cuando un individuo como aquel tenía demasiadas cartas en la mano.
El sonido del busca de Rachel resonó en el vestíbulo de mármol.
«¿Otra vez?» Ni siquiera se tomó la molestia de leer el mensaje.
Preguntándose qué demonios ocurría, entró en el ascensor, pasó de largo por su propia planta y subió directamente hasta la última.



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